¡1918, 1918, 1918!

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La multitud corea a modo de mantra esa mágica cifra en los alrededores de la E 161st Street y River Avenue la tarde del 20 de octubre de 2003. En el corazón del Bronx los Yankees juegan un séptimo partido contra sus archirrivales de Boston, los Red Sox, en busca de una plaza en la Series Mundiales de Béisbol.

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El enfrentamiento comienza de cara para los visitantes que lideran 1-4 al término de la sexta entrada. En la séptima el pitcher All-Star Pedro Martínez concede una carrera y el resultado es 2-4 a falta de dos para el final del partido. Tras siete entradas la lógica pide la substitución del pitcher titular por uno de relevo que, con el brazo descansado, permita cerrar el partido. Sin embargo, el entrenador Gary Little decide apostar por la continuidad de Martínez en el campo. Los Yankees logran 3 carreras en la octava y con empate a 5 el choque se va a la prórroga hasta que el tercera base Aaron Boone consigue el “home run” que da la victoria a los locales en la undécima entrada.

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La algarabía es completa, Nueva York palpita al ritmo de sus Yankees que jugarán las Series Mundiales por sexta vez en ocho temporadas (1996, 1998, 1999, 2000, 2001 y 2003). En Boston, los parroquianos de Cheer´s, en el 84 de Beacon Street, se miran estupefactos e intercambian juramentos en una liturgia ininterrumpida desde el año 1918. Fue entonces, en los estertores de la Primera Guerra Mundial, cuando los Red Sox ganaron su último campeonato nacional. Un 3 de enero de 1920 Harry Frazee, presidente de la franquicia y productor teatral en Broadway con necesidad de efectivo, decide traspasar a Babe “The Bambino” Ruth a los Yankees y el resto es historia. Da comienzo “La Maldición del Bambino” y durante los siguientes 85 años la escuadra neoyorquina quedará por delante de los bostonianos en 67 ocasiones en la División Este de la Liga Americana donde ambos militan. La magnitud de la maldición se visualiza fácilmente en el siguiente recuadro:

Series Mundiales
1903-1919 1920-2003
Finales Títulos Finales Títulos
Red Sox 5 5 4 0
Yankees 0 0 39 26

Si, a modo de agravante, afirmamos, sin miedo a equivocarnos, que este enfrentamiento constituye la mayor rivalidad en las Ligas Mayores de Béisbol podemos concluir que, en definitiva, no ha sido fácil ser de los Red Sox en el s.XX. Tres generaciones de aficionados sufriendo una decepción tras otra, temporada tras temporada, mientras tu némesis deportivo gana títulos con una frecuencia insultante para lo habitual en cualquier disciplina del deporte americano. Ocho décadas de dolorosa frustración con algunos picos cercanos al paroxismo de la fatalidad. Los siguientes dos episodios resultan especialmente ilustrativos al respecto.

La masacre de Boston

En 1978 se cumplen 60 años del último título. A mediados del mes de julio, a falta de dos meses y medio para el final de la temporada regular, los Red Sox logran una ventaja de 14 partidos sobre los Yankees y encabezan con comodidad su división situándose como indiscutibles candidatos al título. La esperanza y el optimismo renacen en Beantown ante la perspectiva de conseguir, al fin, el esquivo campeonato. Sin embargo, la alegría dura poco en casa del pobre y para el 7 de septiembre los Yankees han reducido la distancia a 4 partidos y se desplazan a Boston a jugar lo que se prevé una serie decisiva. Los neoyorquinos ganan los cuatro partidos en Fenway Park por un total combinado de 42-9. “La masacre de Boston” deja a ambos equipos empatados en la cabeza de su división pero con trayectorias absolutamente divergentes. El 16 de septiembre los Yankees ya sacan 3 partidos a unos Red Sox descompuestos. Los playoff y el sueño de las Series Mundiales, tan vivo en julio, se escapa irremisiblemente de las manos a falta de dos semanas para el término de la temporada pero… los Red Sox son un imprevisible genio bipolar capaz de pasar de la desesperación a la euforia en nanosegundos y consiguen imponerse en 12 de los últimos 14 partidos para volver a igualar a los Yankees en lo más alto de su división.

Será necesario jugar un partido único de desempate con el título de división y el acceso al playoff en juego. Nueve entradas para dilucidar el resultado de una temporada de 162 partidos. Una moneda al aire dicta sentencia y ambos equipos se volverán a ver las caras en Fenway Park. En Massachusetts  no supone un partido cualquiera, es una reivindicación histórica y la ocasión de clavar un puñal en el corazón de un adversario que lleva haciendo lo propio los últimos sesenta años. El ambiente en el estadio es una locura, 32.925 almas entregadas a una misión. La animadversión y hostilidad acumulada alcanzan niveles impropios del deporte americano por excelencia y Goose Gossage, pitcher de relevo de los Yankees, afirmaría haber recibido una ducha de cerveza y escupitajos a la finalización del encuentro. A pesar de liderar 2-0 al término de la sexta entrada, los Red Sox caen por 4-5 en el episodio más descorazonador de su dolorosa historia. Los Yankees completan así la masacre de Boston para posteriormente alzarse con sus vigesimosegundas Series Mundiales ante Los Angeles Dodgers.

Las Series Mundiales de 1986

En 1986 los Red Sox se plantan en las Series Mundiales tras ganar 95 partidos en temporada regular logrando el mejor record de victorias de la Liga Americana y vencer a los California Angels por un apretado 4-3 en las Series de Conferencia. Su rival en las finales serán los New York Mets, 108 victorias en temporada regular, que llegan tras eliminar 4-2 a los Houston Astros en las Series de Conferencia de la Liga Nacional.

Las trece victorias de diferencia entre ambos equipos otorgan el factor cancha y un papel de favorito claro a los de Queen´s. Las cosas cambian rápido cuando, de manera absolutamente inesperada, los Red Sox ganan los dos primeros partidos en el Shea Stadium y vuelven a Boston para jugar los siguientes tres partidos en casa. Les basta con ganar dos de ellos para sentenciar las Series Mundiales. No es así, los Mets logran imponerse con contundencia en los dos primeros en Fenway Park mientras los Red Sox ganan el tercero para volver a Nueva York con una ventaja de 3-2. El familiar olor a oportunidad perdida sobrevuela de nuevo las orillas del río Charles.

El sexto partido es un incunable. Tras las nueve entradas reglamentarias el resultado es 3-3. Henderson y Boggs consiguen dos carreras para los bostonianos al inicio de la décima entrada. Schiraldi elimina a los dos primeros bateadores de los Mets. Los Red Sox acarician el título con la yema de los dedos tras 68 años de sequía, sin embargo, milagrosamente los Mets logran tres carreras al final de la décima para llevarse la victoria. Ray Knight logra la carrera ganadora tras un clamoroso error del primera base Bill Buckner a una bola baja bateada por Mookie Wilson.

8-5 es el resultado del séptimo partido y las Series Mundiales se quedan en Nueva York. Mientras, la bola escapándose incomprensiblemente entre las piernas de Buckner pasará a formar parte, como la sombra de un fantasma, del imaginario colectivo de varias generaciones de aficionados en Boston. Nunca se había estado tan cerca de romper “La maldición del Bambino”.

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La tarde del 16 de octubre de 2004, 361 días después del inicio de esta historia, los ecos del mismo mantra sobrevuelan de nuevo los pubs de Manhattan entre muestras de entusiasmo exultante, sonrisas boreales y cerveza a $18. En la reedición de las Series de Conferencia de la Liga Americana de la temporada anterior los Yankees acaban de vencer por un contundente 19-8 en Fenway Park colocándose 3-0 en la eliminatoria. La desbordante alegría está más que justificada y las Series Mundiales se vislumbran de nuevo a la vuelta de la esquina ya que ningún equipo en los 100 años de historia del Playoff de las Ligas Mayores de Béisbol ha logrado remontar una eliminatoria tras ir 3-0 abajo.

En el cuarto partido los Yankees lideran por 4-3 al final de la séptima entrada. El panameño Mariano Rivera, el mejor pitcher relevo de su generación, salta al campo con la misión de cerrar la eliminatoria para los neoyorquinos. En ese momento la victoria de los Red Sox no se paga ni en pesetas, sin embargo, en la novena entrada Dave Roberts, tras robar milagrosamente la segunda base, consigue una carrera a bateo de Bill Mueller y el partido se va a la prórroga. En la duodécima entrada aparece la enorme figura, en todas las acepciones posibles del término, de David “Big Papi” Ortiz que con un “home run” da la victoria a los bostonianos. El guión del quinto partido será idéntico, los Yankees arriba 4-2 al final de la séptima entrada, los Red Sox logran empatar en la octava y, tras una novena en que el marcador no se mueve, el partido se va de nuevo a la prórroga. Son necesarias cinco entradas adicionales para decidir el vencedor. Tras 5 horas y 49 minutos, de nuevo la excelencia de David Ortiz al bate permitirá a Johnny Damon firmar una carrera que inhala aire fresco en los pulmones de Fenway Park.

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A pesar de la explosión de adrenalina y la liberación de endorfinas derivada de las dos victorias “in extremis” la serie vuelve al Bronx con 3-2 para los neoyorquinos y la tarea de robar los últimos dos encuentros en el Yankee Stadium aún se antoja hercúlea. En el sexto partido es Curt Schilling quien asume el papel de héroe clásico. Su excelente rendimiento con Arizona en las Series Mundiales de 2001 permitió doblegar por 4-3 a unos indomables Yankees, reportándole el premio de MVP y contribuyendo decisivamente a su fichaje por Boston dos temporadas después. Con 37 años y un severo desgarro en el tendón peroneo de su tobillo derecho mantiene a los locales bajo control a lo largo de siete entradas en las que permite una única carrera. Al inicio de la octava, con un resultado parcial favorable de 1-4, es sustituido por el pitcher de relevo Bronson Arroyo; al llegar al banquillo desata sus deportivas con visible gesto de dolor y las medias de su pierna derecha aparecen bañadas en sangre a consecuencia de los puntos rotos en la herida de su talón. Arroyo permite otra carrera en la octava pero el partido finaliza 2-4. Los Red Sox fuerzan el séptimo partido y Schilling aparece sonriente y confiado, vistiendo una camiseta con el lema Why not us? y cojeando visiblemente en la rueda de prensa post-partido. Un nuevo icono ha nacido en Massachusetts.

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El 20 de octubre de 2004 se juega el séptimo y decisivo encuentro. El mismo día, el mismo lugar, los mismos rivales, exactamente un año después. Sin embargo, el “momentum” de ambas escuadras es radicalmente opuesto; los Yankees llegan con la presión añadida de evitar el ridículo de convertirse en el primer equipo de la historia en malgastar una ventaja de tres partidos en una serie y el agotamiento psicológico de las dos derrotas en el tiempo extra; los Red Sox, por el contrario, llegan con el descaro del que no tiene nada que perder, la euforia del condenado a muerte cuya sentencia es derogada y la implacable sed de venganza del siervo que se rebela tras interminables años de humillaciones. El choque dura dos entradas, lo que tardan los bostonianos en adelantarse 0-6. Los Yankees están noqueados. Los Mariano Rivera, Derek Jeter, Alex Rodríguez y compañía no se lo pueden creer, el partido finaliza 3-10 y la debacle neoyorquina se confirma. “The Greatest Comeback in Sports History”, tal y como profetizó, a modo de oráculo, la pancarta que un devoto aficionado se atrevió a colocar en Fenway Park durante el… ¡cuarto partido!

Las Series Mundiales son un puro formalismo. Los Red Sox derrotan por 4-0 a los St. Louis Cardinals para terminar la temporada con ocho victorias consecutivas y revocar “La maldición del Bambino”. El título retorna a Boston 86 años después. Se cierra el círculo de una historia de expiación y redención propia de una novela de Dumas o Dostoievski. El sarcástico cántico ¡1918! ¡1918! ¡1918! es silenciado para siempre. Los Boston Red Sox ganarán también las Series Mundiales en 2007 y 2013.

Tessie* vuelve a sonar alto y fuerte desde el “Third Base” a Huntington.

*Tessie era la canción que sonaba en el estadio tras cada victoria de los Red Sox hasta 1918. La versión rock de los Dropkick Murphys la devolvió al primer plano tras el título de 2004. El “Third Base” era el Pub en el que se reunían los Royal Rooters (Grupo de aficionados incondicionales) antes de cada partido. Huntington Avenue era el lugar donde estaba situado el antiguo estadio. Mike “Nuf Ced” McGreevy era El dueño del “Third Base” y líder de los Royal Rooters. El apodo de “Nuf Ced” procedía de su característica manera de cortar las discusiones con la expresión “Enough Said” para evitar peleas en su pub. Stahl, Dinneen y Young fueron el corazón del grupo de pitchers que lograron las primeras Series Mundiales para los bostonianos en 1903.

Dámaso Martínez, Publicado en Tue Oct06 12:45:56 UTC+0200 2015

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Dulce hogar

Una pequeña localidad de 200.000 habitantes en el noreste del estado de Ohio, conocida como “la ciudad del caucho” por ubicar la sede central de la multinacional Goodyear y las oficinas para los Estados Unidos del gigante Bridgestone, pasa en 2002 al primer plano por un equipo de baloncesto de instituto: el St. Vincent-St. Mary´s liderado por un joven situado, ya a los dulces 16 años, bajo el demoledor escrutinio del ojo de Saurón mediático.

El orgullo de Akron y su estandarte. El Elegido. Un jugador fundacional, llamado a ser un referente generacional, con un potencial ilimitado sustentado en un físico imponente y una concepción del juego revestida por el manto de la generosidad. Expectativas elevadas apuntando hacia el monte Everest del baloncesto y más allá. La trémula etiqueta “El Heredero de Jordan” sobre los hombros, la misma bajo cuyo tiránico peso tantos Atlas antes que él vieron flaquear sus rodillas hasta tambalearse y caer en un pozo negro de promesas incumplidas y mediocridad.

En junio de 2003, casualidad del destino o de David Stern, los Cavaliers seleccionan con el número 1 del draft a LeBron James. Debuta a los 18 años en el baloncesto profesional con el equipo de Cleveland, una ciudad a orillas del lago Erie situada a solo sesenta kilómetros de su Akron natal. El estado de Ohio palpita, el hijo pródigo se queda en casa.

En un paulatino proceso de crecimiento, durante los siguientes cuatro años LeBron quema todas las etapas hasta alcanzar la élite de la Liga y las Finales de la NBA de 2007. Llega allí liderando un equipo de jornaleros dejando una actuación para el recuerdo ante los Pistons de Detroit en la Final de Conferencia. Sin embargo, son barridos 4-0 en la final por unos Spurs muy superiores, tanto por plantilla como en el área técnica. El título parece viable a corto plazo a través de algún fichaje que ayude a potenciar una plantilla justa en lo que a calidad se refiere.

La incorporación de Ray Allen y Kevin Garnett a los Celtics en el verano de 2007 y el traspaso de Pau Gasol a los Lakers en febrero de 2008 cambian el equilibrio de poderes en la liga de forma radical. Las siguientes tres temporadas son, a pesar de que LeBron gana dos MVP, un paso atrás para los Cavs en lo deportivo ya que no logran superar la Final de Conferencia. Tras siete temporadas, “King James” sigue sin reinado y surge una urgencia inherente a todo jugador llamado a dominar un deporte: Ganar.

En junio de 2010 acaba contrato y, como agente libre, tiene ante sí una difícil disyuntiva. O renovar por los Cavaliers o firmar por un verdadero contendiente. Las cartas están marcadas. A favor de seguir en los Cavaliers la posibilidad de obtener un contrato más alto y la ventaja de continuar en casa. En contra, la opción de recalar en un equipo de un mercado ostensiblemente superior y con una plantilla configurada para el éxito inmediato.

Al final, la necesidad inmediata de ganar se impone y “The Decision” termina con el anuncio de su salida retransmitido en directo por televisión, una frase para la historia: “In this fall I´m going to take my talents to South Beach”. El héroe se convierte en villano. Disturbios, camisetas con su 23 quemadas en las calles, carteles de Judas y Traidor y la profecía de Dan Gilbert: “No ganará un anillo en Miami”. Nunca se es justo con quien se ama.

LeBron James juega cuatro Finales de la NBA y gana dos en cuatro temporadas con los de Florida, adornando el botín con dos premios MVP de la Liga Regular y otros dos de MVP de las Finales, convirtiendo la profecía de Gilbert en una pataleta de niño mimado. Y entonces llega el verano de 2014. Las alarmas saltan cuando decide ejecutar la cláusula que le permite renunciar a su último año de contrato y disfrutar de su condición de agente libre, convirtiéndose en la pieza más codiciada del verano NBA.

La incógnita sobre su destino se desvela en esta ocasión con una emotiva carta. Vuelve a un equipo que, desde su marcha en 2010, ha ganado un pírrico 29,6% de sus partidos. Vuelve a Ohio cobrando cinco millones de dólares menos de lo que hubiera podido percibir en Miami. Vuelve a Cleveland con la intención de curar las heridas generadas tras su convulsa salida y devolver la ilusión y alegría a una comunidad que lleva sin saborear un éxito deportivo en el deporte profesional americano desde que los Browns ganasen la NFL en… ¡1964! Vuelve con la legítima ambición de ser profeta en su tierra porque, a fin de cuentas, como en casa no se está en ningún sitio.

Esta noche comienza el viaje. ¡Mucha suerte, Bron!

Dámaso Martínez, Publicado en Thu Oct14 21:41:23 UTC+0200 2014

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Melancolía

Melancolía. Dentro y fuera de la pista. Así era Mirza Delibasic.

Su fisonomía, su rostro, sus movimientos, su comportamiento en la cancha se acerca más a la sensibilidad y elegancia de un violinista que a la de un atleta de élite. Nacido en el seno de una familia musulmana en la localidad de Tuzla, quizá sus coqueteos de la infancia con el ballet tuvieran mucho que ver en ello. Tras convertirse en campeón de tenis de su país en edad cadete, decide probar, en 1968, con el baloncesto e ingresa en las filas del Sloboda Tuzla. Pronto, sus innatas condiciones ponen de manifiesto lo acertado de su decisión. A una facilidad natural para tirar y anotar, propia del ADN balcánico, añade un extraordinario manejo de balón para alguien de 1,97m y una lectura del juego única que le permite jugar en cualquiera de las tres posiciones exteriores. Sus pases derrochan fantasía y magia, y tal combinación de atributos físicos y técnicos, concitan las inevitables comparaciones con otro jugador que, en la otra orilla del Atlántico, había maravillado en la universidad de Louisiana State, Pete “Pistol” Maravich.

En el verano de 1972, con tan sólo 18 años, Ranko Zeravica se lo lleva a Belgrado. El objetivo, integrarlo en las filas del Partizan junto a otros dos jóvenes de indudable talento: Dragan Kicanovic (19) y Drazen Dalipagic (21). Sin embargo, tras un mes en Belgrado, coge las maletas y sin previo aviso retorna con su familia. Los motivos de su abandono aún hoy permanecen ignotos pero Tuzla se queda pequeño a su baloncesto y termina fichando por el Bosna Sarajevo de Bogdan Tanjevic, donde jugará las siguientes nueve temporadas con unos promedios totales de 24,5ppp (puntos por partido) en competición liguera.

Mirza saca al Bosna de la mediocridad y el club pasa de jugar en la segunda división a alcanzar su cenit a finales de la década con la conquista del doblete (Liga y Copa yugoslava) en 1978 promediando 26,6ppp, la Liga de 1980 anotando 28,2ppp y, entre medias, la Copa de Europa de 1979 convirtiendo a los de Sarajevo en el primer club yugoslavo en lograr dicho hito al derrotar en la final al todopoderoso Emerson Varese, que jugaba su décima final consecutiva, por 96-93 con 30 puntos del propio Delibasic y 45 de su compañero Zarko Varajic en una de las actuaciones conjuntas más asombrosas jamás vistas en el baloncesto europeo.

A nivel de selección, viste la elástica plavi en 176 ocasiones (147-29) formando parte de la primera generación dorada del baloncesto yugoslavo. Mirza es el contrapunto de una selección cargada de personalidades fuertes y caracteres volcánicos. Delibasic es el mayor talento de su generación, con un estilo de juego gourmet, delicioso, coronado por virutas de genialidad. Poesía, bello de mirar, de admirar, puro arte. Sin embargo, su forma de entender la vida se equipara a su forma de jugar. Su carácter es reservado, un tanto taciturno y solitario, de una educación exquisita, averso al conflicto y en las antípodas de la agresividad verbal y el fuego competitivo de otros compañeros. Es un chico fácil de tratar, de entrenar, y ese perfil hace que para él no suponga ningún problema ceder protagonismo anotador (10,0ppp en la selección) y centrarse en tareas menos vistosas, dirección y defensa, en aras del éxito colectivo. Acompañado por otras leyendas como “Moka” Slavnic, Kresimir Cosic, o los ya mencionados Dalipagic y Kicanovic forja un palmarés envidiable: Bronce en el Eurobasket de Italia 1979 y el Mundobasket de Colombia 1982, plata en los JJ.OO de Montreal de 1976 y el Eurobasket de Checoslovaquia en 1981 y oro en los Eurobasket de Yugoslavia en 1975 y Bélgica en 1977, el Mundobasket de Filipinas en 1978 y los JJ.OO de Moscú de 1980.

En 1981, tras cumplir la edad mínima establecida por el estado yugoslavo para abandonar la competición nacional, Delibasic ficha por el Real Madrid. En su primera temporada, deja constancia de su calidad y logra el Campeonato de Liga en España y el Mundial de Clubs de la FIBA con el equipo merengue. Tras una segunda temporada más irregular y sin títulos, abandona el club. Y lo hace de una forma un tanto peculiar. El Real Madrid había mostrado una preocupante carencia de efectivos y calidad en la zona durante toda la temporada así que, al término de la misma, es el propio Delibasic quien se reúne con la dirección deportiva y les suelta:

-“Miren, no me necesitan. El perímetro está más que cubierto en este equipo, lo que necesitan con urgencia es un 5 así que pueden dedicar mi salario a hacerse con él”.

Y se va, con la misma distinción con la que se conducía dentro de la cancha, renunciando a compensación económica alguna y pagando de su propio bolsillo el abono del club de la temporada siguiente. Consecuentemente, se convierte en el principal objeto de deseo del mercado de fichajes europeo en el verano de 1983. Y, ante esta circunstancia, una vez más, sale a relucir su especial carácter. Con 29 años y en la cima de su carrera, con ofertas superiores a nivel tanto económico como deportivo encima de la mesa, opta por fichar por el modesto Bic Trieste de su amigo y mentor Bosha Tanjevic.

No llega a jugar partido oficial alguno en Trieste. Un derrame cerebral en la pretemporada lo aparta definitivamente de las canchas. Un triste adiós para un jugador inolvidable.

De su vida tras la retirada se sabe poco. Vuelve a su Bosnia natal, se instala en Sarajevo, se aleja del baloncesto, se casa en dos ocasiones, tiene un hijo con cada mujer. Vive la noche, es fácil verlo en los locales de moda, en contra de los consejos de los doctores y el sentido común bebe y fuma con regularidad, costumbres adquiridas mientras estaba en activo. Como consecuencia de este estilo de vida desordenado, bohemio, su salud se resiente. Un par de embolias están a punto de acabar con su vida.

Retorna a la actualidad mediática con la guerra de los Balcanes. Delibasic se queda en Sarajevo durante los tres años y medio que dura el sitio serbio de la ciudad. Envía a su segunda esposa Slamica Suka y a su hijo Danko a Trieste, a buen recaudo al lado del siempre presente Tanjevic. Él, sin embargo, renuncia a abandonar la ciudad. Se convierte, casi sin querer, en un símbolo de la resistencia bosnia para sus compatriotas. Mientras, su primera esposa y su primer hijo viven seguros en Belgrado.

Al respecto llegará a confesar: “No podía salir de Sarajevo mientras mis amigos y vecinos permanecían allí, todos sufriendo, muchos muriendo. Simplemente, no podía”.

En 1993 protagoniza, como director deportivo de la Federación de Baloncesto de Bosnia & Herzegovina, la ruptura del cerco a la ciudad, con la salida de su selección rumbo al Eurobasket de Alemania desde un aeropuerto sometido a constante fuego de artillería. En tierras teutonas logran una más que meritoria octava plaza.

En la fase más encarnizada del conflicto se ve obligado incluso a empuñar las armas. La propaganda serbia comienza una campaña de acoso. En algún periódico se llega a publicar el siguiente titular: “Mirza Delibasic, el dueño de un burdel donde se violan a mujeres serbias”. Sus propios excompañeros de selección llegarán a calificar, avergonzados, dicha afirmación como una abyecta difamación. Al respecto, Mirza apostillará lo siguiente:

-¿Violador yo? Me he casado dos veces, ambas con mujeres serbias, tengo dos hijos de mujeres serbias… es increíble hasta dónde hemos llegado…

Como consecuencia de la guerra su delicada salud empeora y comienzan los problemas económicos. En el año 2000 es elegido mejor deportista bosnio de la Historia. Poco después el Real Madrid decide invitarlo a participar en la capital de España a un pequeño homenaje en los prolegómenos de un partido ACB. A pesar de las dudas iniciales accede con la condición de que su hijo viaje con él. El Raimundo Saporta en pie ovaciona a un Delibasic que saluda agradecido desde un palco ya que su maltrecho cuerpo le impide bajar las escaleras al centro del campo donde Danko recoge en su nombre, sorprendido y emocionado por igual, la placa conmemorativa del acto.

Allí, interrogado por su actual vida responde, con sus enormes ojos zarcos dirigidos a algún remoto horizonte cuya existencia sólo él es capaz de vislumbrar:

–  Mi vida acabó hace seis años, en las calles de mi ciudad, junto con la de tantos amigos, todos ellos irremplazables.

Un año después, el 8 de diciembre de 2001 muere como consecuencia de un cáncer linfático. En sus últimos días bromeaba respecto a su edad, con su característica sutileza, objetando que tenía sólo 47 años pero, en realidad, había vivido el doble. La mitad de día y la otra mitad de noche. Un triste adiós para un ser humano inolvidable.

Melancolía. Dentro y fuera de la pista. Así era Mirza Delibasic.

Dámaso Martínez, Publicado en Fri Mar09 16:47:12 UTC+0200 2012

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El chico de Chico

Erase una vez un niño nacido en la minúscula localidad de Chico, al norte de California, que creció viendo jugar en el cercano Candlestick Park a un mito llamado Joe Montana, el único QB con 4 Superbowl en su haber, 3 SB-MVP, y un bagaje en “drives” decisivos extraordinario.

El chico, de raza blanca, ojos azules y mirada taciturna, estudió en el Pleasant Valley HS simultaneando la práctica de béisbol y fútbol americano. En esta segunda actividad destacó como QB, y soñaba con emular a su admirado “Joe Cool”. Sin embargo, tras su año senior en el instituto, lastrado por una estatura de 1,78m, no recibió beca alguna de una Universidad Division I. Lejos de capitular y apartado de los grandes focos de atención mediática optó por perseguir su sueño e ingresó en el Butte College, a media hora de distancia de su Chico natal.

El Butte College es un Junior College, factoría de diplomados sin reseña y carne de cañón del actual sistema capitalista; Ooopahhh, Lumpahhs de la ciencia que diría Sheldon Cooper Ph.D. Todo indicaba que permanecería allí los cuatro años correspondientes, jugaría en el equipo de fútbol americano convirtiéndose en una leyenda local, follaría con la jefa de animadoras y todas sus compañeras, y finalmente acabaría trabajando en una consultora, vendiendo seguros o expendiendo combustible en una gasolinera.

Sin embargo, un buen día apareció Jeff Tedford, entrenador de la Universidad de California-Berkeley por el campo de entrenamiento de Butte College para intentar reclutar a un DE del que había recibido buenas referencias. Cuando vio al chico de Chico en directo, Tedford extendió la oferta también al QB y, de esta forma, el nombre de Aaron Rodgers dejaba la oscuridad del anonimato para ingresar en la luz de la primera línea de la NCAA.

En el camino, había crecido 10cm sin perder un ápice de su precisión en el pase, su instinto innato en la toma de decisiones y su rapidez de piernas, y en su segunda temporada en la universidad llevó a su equipo a una temporada regular con una única derrota, 2.566 yardas de pase, 24 TD, 8 INT y un 66,1% de pases completados. Era el momento de dar el salto al profesionalismo y se declaró elegible en el draft de la NFL.

Las previsiones en el draft de 2005 eran muy altas y nadie dudaba su presencia en el top 3. Sus propias expectativas eran más ambiciosas aún, su objetivo era ser el número 1 en la ceremonia. Sus razones iban más allá de la competitividad, la satisfacción del ego personal o los motivos económicos, su motivación era de índole afectiva: los San Francisco 49ers elegían en primer lugar y su primera opción era contratar un QB. Los Niners trataban de enderezar el rumbo de una nave a la deriva y para ello habían contratado a Mike Nolan, un entrenador de fuerte personalidad. En aquel momento, las cartas de la baraja se reducían a dos ases: Alex Smith de la Universidad de Utah y el propio Rodgers.

De nuevo, las dudas se van a cernir sobre él, las mismas dudas que sembraba su estatura en HS, se ciernen ahora sobre su dureza, su liderazgo, su capacidad de adaptación al profesionalismo, su personalidad un tanto altanera… Nolan se decanta por Smith y su sueño de jugar en Frisco se desvanece, más bien se convierte en pesadilla cuando ve pasar el número 2, 3, 4 y así hasta el 24. Finalmente, serán los Green Bay Packers quienes lo elegirán y supondrá un viaje de aprendizaje a Titletown a la sombra de una leyenda: Brett Favre.

No sé si ustedes son conscientes de las implicaciones de este draft, pero os invito a poneos, por un segundo, en la piel de Rodgers al levantarse el día después de la ceremonia. Pasa de ser un posible 1 al 24, con la penalización económica que esto conlleva; pasa de jugar en la maravillosa Frisco, al lado de casa y con la titularidad asegurada en el equipo que marcó su infancia a tener que desplazarse a la gélida Green Bay, a miles de Km de su hogar y con un asiento en el banquillo asegurado. Puedo aseguraos que a mí se me hubiese caído el alma a los pies y el propio interesado ha comentado que, sin duda, ha sido el momento más decepcionante de su vida en el ámbito deportivo.

Pero lo que a todas luces parece un revés, en ocasiones puede ser una suerte, ya sea porque Dios juega a los dados con el Universo o porque tú juegas una mano maestra con las cartas que te ha puesto sobre la mesa. Así, si bien Smith tuvo la oportunidad de disfrutar la titularidad desde su entrada en la NFL, lo hizo en un equipo con una línea ofensiva irrisoria. Esto le condujo a terminar su año rookie con 9 partidos jugados, 875 yardas de pase, 1TD y 11 INT. Una actuación decepcionante para un nº1 del draft. El segundo año, tuvo la oportunidad de jugar su única temporada al completo hasta ahora, para terminar con 2.890 yardas de pase, 16 TD y 16 INT. El tercer año sufrió una gravísima lesión a mitad de temporada que le mantendría en el dique seco lo que restaba de ella y la siguiente. Su juego en el mundo profesional jamás llegaría a acercarse ni por asomo a lo apuntado en la universidad. Mientras tanto durante esos mismos tres años, Rodgers vio los toros desde la barrera, sin apenas oportunidades de jugar, entrenando a la sombra de Favre.

Todo cambió al inicio de la temporada 2008. Los Packers, tras un interminable culebrón en el que Favre deshojaba la margarita entorno a su retirada, enviaron a éste a New York apostando por el cambio generacional, dejando las riendas del equipo y sus esperanzas de futuro en las espaldas de su dorsal 12. No serían defraudados.

Durante su primer año como titular lanzó para 4.038 yardas de pase, con un 63,8% de pases completados, 28 TD, 13 INT y un “passer rating” de 93,8. Pero Green Bay terminaría con una marca de 6-10, fuera de playoff y su QB titular sería criticado duramente por su incapacidad para marcar la diferencia en finales apretados. Los de Wisconsin perdieron siete envites en el último cuarto a lo largo de la temporada.

El inicio de su segunda temporada tampoco fue fácil y, tras un arranque de 4-4 para los Packers, una nube de escepticismo revoloteaba sobre su rendimiento. Sin embargo, un registro de 7-1 en la segunda mitad de la temporada se encargaría de disiparla. Rodgers terminó con 4.434 yardas de pase como el primer y único QB en la historia en finalizar sus dos primeras temporadas como titular por encima de las 4.000, con un 64,7% de pases completados, 30 TD, 7
INT y un “passer rating” de 103,2 a lo que añadiría 316 yardas y 5 TD de carrera que ayudarían a los Packers a conseguir una wild-card y la posibilidad de jugar los playoff.

En su primer partido de playoff, contra los Arizona Cardinals en el University of Phoenix Stadium, vio interceptado su primer lanzamiento, sin embargo, se recuperó para terminar con 28 pases completados de 42 efectuados, 422 yardas de pase y 4 TD. No fue suficiente, y su equipo perdió 51-45 en la prórroga, tras un fumble, en el partido de mayor anotación de la historia de los playoff de la NFL.

En su tercera temporada, Green Bay se situó 8-4 hasta que un golpe le dejó KO en la decimotercera jornada; los Packers perdieron ese partido y el siguiente bajo la dirección de Matt Flynn y llegaron a la penúltima jornada de la temporada regular con la necesidad imperiosa de ganar sus dos últimos partidos contra los NY Giants y los Chicago Bears para obtener una plaza en los playoff.

Aaron Rodgers regresó recuperado de su contusión en la cabeza y preparado para asumir el reto, los Packers ganaron ambos partidos y obtuvieron el último puesto que daba acceso a playoff en la conferencia nacional. En la wild-card se enfrentaron en Philadelphia a los Eagles del extraordinario Michael Vick, en semifinales de conferencia, al mejor equipo de la NFC en temporada regular, los Atlanta Falcons, y en la final de conferencia a sus archirrivales, los Bears, en el Soldier Field de Chicago. Todos ellos salieron derrotados así como los Steelers de Pittsburgh en la Superbowl, donde el californiano se consagró ganando el MVP con 24-39 en lanzamientos para 304 yardas de pase, 3 TD 0 INT y 111,5 de “passer rating”.

El chico de Chico, alzaba sus ojos zarcos al cielo y sonreía mientras sujetaba con su prodigioso brazo derecho el trofeo Vince Lombardi y varios compañeros colocaban una réplica del cinturón de campeón de la WWF sobre su hombro. A sus 27 años, era el QB con mejor “passer rating” de la historia de la NFL en temporada regular
(98,4) y playoff (112,6) y había llevado, 14 años después, un nuevo campeonato a Titletown. Ya no había espacio para prejuicios, debates o dudas, incluso el fantasma de la sucesión de Favre, el QB con más yardas de pase y pases de TD de la Historia de la NFL, se esfumaba de un plumazo.

En la tundra helada las huestes de Lambeau Field hacían suyo un nuevo héroe. 12>4, lucen orgullosos en sus camisetas.

NOTA FINAL:

En la temporada actual, su cuarta como titular, Rodgers lidera a unos Packers invictos, 7-0 a día de hoy, e inmersos en una racha de 13 victorias consecutivas, con 171 pases completos sobre 239 intentados (71,5% de efectividad, líder de la NFL) para 2.372 yardas de pase, 20 TD, 3 INT y un “passer rating” de 125,7. Proyectando esas cifras a final de temporada (16 partidos) tendríamos 5.424 yardas de pase (por encima del récord histórico de Dan Marino en 1984 de 5.084), 46 TD (a 4 TD del récord histórico de Tom Brady en 2007) y 7 INT (a 3 INT del mínimo histórico de Brady en 2010) y su “passer rating” de 125,7 también sería el mejor de la Historia en una temporada superando el de 121,1 de Peyton Manning en 2004.

Los escépticos se han convertido en aduladores, las dudas en elogios y es el máximo favorito para el premio al MVP de la temporada. La única pregunta que ahora mismo queda por responder es: ¿Dónde está su techo?

Mientras tanto, él continúa impasible, acompañando cada palabra con su sonrisa perenne y su mirada cansada: “Nunca me han
preocupado en exceso las críticas, y he recibido muchas, ni tampoco ahora me afectan demasiado los elogios. Toda mi vida he sido un “underdog”, pero siempre he tenido la íntima convicción de que podía jugar y ganar al máximo nivel. Ahora estoy viviendo esa situación, es un sueño hecho realidad, así que sólo pienso en disfrutarlo al máximo”

Dámaso Martínez, Publicado en Thu Oct27 01:26:08 UTC+0200 2011

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Anything but net

98-98. American Airlines Arena, 11,7 segundos por jugar. Saque de banda para los Celt´s. Garnett realiza un bloqueo sobre Rondo en el lado derecho del ataque. Finley realiza exactamente la misma acción sobre Pierce en el lado izquierdo. Ray Allen saca de banda sobre Rondo y se va hacia la esquina del lado de KG. Rondo pasa el balón a Pierce a nueve metros en posición central sobre la canasta, y corta hacia la esquina opuesta. Quedan siete segundos de partido y estamos en una situación que los americanos denominan “isolation” y que en castellano no deja de ser algo tan simple como un aclarado.

El 34 uniformado de verde mira al reloj de posesión situado encima del tablero, mientras bota de izquierda a derecha durmiendo la pelota. Tic, tac, tic, tac, los segundos pasan y su defensor no hace falta cuando a Miami le queda una por hacer. Apunte al debe en el diario de Spoelstra. A falta de dos segundos, Pierce inicia el “dribling” sobre su par, se escora ligeramente hacia la derecha y cuando está a unos cinco metros y medio de canasta, da un paso hacia atrás creando el espacio necesario para armar el brazo sobre Dorell Wright y evitar que Haslem salga a la ayuda. Salta, equilibra en el aire su cuerpo y logra sacar un tiro con la amenazadora mano de su defensor sobre la cara.El balón sale raudo de su mano derecha, ejecuta una parábola perfecta en su camino a la cesta y entra con limpieza, “anything but net”, emitiendo ese característico sonido que resulta orgiástico para los amantes de este deporte.El reloj está a 0:00. No hay opción a réplica para Miami. 98-100, Boston gana y se coloca 3-0 en la primera ronda de playoff de 2010. Fin de la historia.

Esta es La Verdad, toda La Verdad y nada más que La Verdad (1)(1) Paul Pierce es apodado The Truth (La Verdad) después de un comentario realizado por Shaquille O´Neal en 2001. O´Neal se dirigió a un periodista de Boston tras el partido y le dijo: “Apunta esto, me llamo Shaquille O´Neal y Paul Pierce es The Truth. Cítalo bien y no te comas nada. Sabía que era bueno, pero no tanto. Definitivamente, Paul Pierce es The Truth”.

Dámaso Martínez, Publicado en Mon Apr26 22:51:15 UTC+0200 2010

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El patio de mi casa

Y ahora le toca al tigre. Recuerden por un momento las viejas casas de sus abuelos en el pueblo, o las de sus padres en una ciudad de provincias, recuerden el patio de luces y las mujeres tendiendo la ropa, recuerden el chismorreo y la verborrea de ventana en ventana, juzgando, muchas veces bajo simples conjeturas, las acciones del prójimo con la crueldad propia del que se considera acreedor de una conducta intachable.

Algo parecido está viviendo en este momento Tiger Woods con la única diferencia de que los comentarios, apreciaciones y juicios morales extrapolan el patio de su mansión en Florida para asentarse bajo el abrigo de los medios de comunicación de todo el mundo. Y no se trata sólo de la prensa sensacionalista o rosa, sino que los periódicos deportivos también entran al trapo con la desvergüenza y el oportunismo propios de su profesión (que Diego me perdone).

Y ahí está el Tigre, otrora loable y digno de admiración, ganador de 14 Majors (4 Masters de Augusta, 3 British Open, 3 US Open y 4 Campeonatos PGA) y con unas ganancias estimadas, sólo en premios, de 94 millones de dólares. El golfista más poderoso, más preciso y más brillante desde los mejores años de Jack Nicklaus. Un Woods que además era la gallina de los huevos de oro de la publicidad por su capacidad para conectar con la clase media norteamericana y universalizar un deporte que, hasta su irrupción en el circuito, era coto privado para “wasp”.

Hoy nada de eso parece tener la menor importancia. Desde el momento en que salió de casa en su Escalade perseguido por su mujer, hierro 8 en mano, la figura pública de Tiger Woods ha quedado relegada al adjetivo de adúltero. Sólo falta que le marquemos en el pecho del jersey una “A” mayúscula escarlata para que parezca recién sacado de la novela de Nathaniel Hawthorne. Los patrocinadores cancelan sus contratos y el tigre, enjaulado por el acoso mediático, se toma unas vacaciones alejado del golf para intentar poner un poco de orden en su agitada vida privada y evitar un divorcio cifrado en unos escalofriantes 300 millones de dólares.

No quiero ejercer de abogado del diablo ni justificar la conducta del señor Woods, porque soy de la opinión que si te gusta picar de flor en flor no tienes ninguna necesidad de formalizar un compromiso a través del matrimonio, pero no dejo de salir de mi asombro con el circo que ha surgido a su alrededor. Sus supuestas amantes se multiplican a ritmo exponencial y su imagen pública se degenera a la misma velocidad, de forma ridícula porque la infidelidad existe, ya se haya cometido una o trescientas veces, con una o con trescientas señoritas. Mientras, Elin Nordegren, su hermosa y sufrida esposa sueca se retira a su residencia (¿propiedad de Woods?) en una aislada isla a las afueras de Estocolmo en busca de paz, intimidad y sosiego. La bella y la bestia.

La historia es, desde el inicio de los tiempos, perfecta para que las aves carroñeras, los envidiosos y los fracasados de toda índole descarguen toda su ira y mezquina hipocresía sobre la cabeza del héroe caído.

Sin embargo, me gustaría conocer la respuesta mediática en la situación inversa. Imagínense por un momento que es Elin Nordegren, la hermosa ninfa de ojos azul cielo y dorada cabellera, quien es infiel a Tiger. Una, dos, veinte veces. Vamos más allá, imagínense que Woods se entera, entra en cólera y sale de casa persiguiendo a su adorable esposa ondeando un hierro 8 en la mano derecha mientras ella huye en un Escalade blanco. Y, para rematar la jugada, choca frontalmente contra un árbol a consecuencia de la persecución. La situación toma otro cariz, ¿no es verdad? ¿Cuáles serían los titulares, entonces? ¿De qué parte se posicionaría la opinión pública? ¿Quién de los dos sería motivo de escarnio? La respuesta es tan obvia que ni la escribo. La escabrosa sombra de la violencia de género se ceñiría como una asfixiante maya alrededor de la figura de Tiger Woods, dejando la infidelidad de su esposa en un plano secundario, insustancial, tolerable e, incluso, permitan la licencia, comprensible.

Y, ¿acaso la falta no es la misma? ¿Acaso no cambia sólo el agente? ¿Por qué la opinión pública daría, entonces, una versión de los hechos absolutamente diferente de la actual? ¿Acaso, en el s.XXI, el bien y el mal tienen sexo? Quizá sería preciso preguntárselo a Bibiana Aído.

Dámaso Martínez, Publicado en Tue Dic15 19:45:58 UTC+0200 2009

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La milonga del marinero y el capitán

Cuando uno está en la oficina sin asignación como consecuencia de la crisis económica que asola nuestro país (caída del 4% del PIB interanual, tasas de paro del 19% y subiendo… etc, etc, etc) tiene tiempo para muchas cosas, como leer detenidamente las ediciones digitales de los periódicos.

Y hoy me he levantado con la liberación del Alakrana. Y no salgo de mi asombro. Leo declaraciones grandilocuentes de Zapatero tales que “Mi primera obligación es salvar la vida de mis compatriotas” acompañadas de otras que apelan al “éxito de la negociación” y la relevante intervención de Moratinos en la misma. El Ministro de Justicia, Francisco Caamaño, se descuelga con un “España, como tal país, no paga rescates” y para finalizar nos narran la persecución efectuada vía aérea, por un helicóptero de nuestras fuerzas armadas, a los últimos piratas en abandonar el pesquero español.

Y debe ser que hoy estoy muy obtuso pero la verdad es que yo no veo el éxito por ningún lado. Y como estoy un poco cansado de esos onanismos mentales con los que nos deleita la clase política y de que se trate al ciudadano de a pie como a un borrego sin cabeza voy a dar mi visión del asunto.

En primer lugar, basta con decir que lo único loable de la negociación es la vuelta de la tripulación del Alakrana a casa. Y ya. El resto es una mentira. De hecho, la negociación no existe. Los secuestradores somalíes piden un rescate, se paga dicho rescate, 2,7 millones de euros, y los pescadores vuelven a casa. Si en esto radica el éxito de la negociación, yo también quiero el “carnet de negociador”. Tal y como se ha desarrollado la situación lo lamentable es que se podía haber efectuado el pago mucho antes, evitando así los 47 días de incertidumbre a los marineros y sus familias.

A continuación, Caamaño asegura que España no paga rescates. ¡Qué razón tiene nuestro ministro! El pago lo realiza el armador, cierto es, pero con dinero del Estado español. De este modo, España no figurará como ordenante en el documento de pago y se salvan los obstáculos legales y el ridículo moral que implicaría que una nación soberana se plegase a los deseos de una banda de piratas, pero lo que no hay manera de salvar son los 2,7 millones de euros que salen de las arcas del tesoro del Estado. Suma éstos a los 800.000 euros del rescate del Playa del Bakio el año pasado y hacen un total de 3,5 millones de euros.

Por último, está la historieta del helicóptero, la persecución infructuosa del último contingente de piratas que partió del Alakrana y demás. Otra cortina de humo, otra película mal montada para resarcir, de alguna forma, el herido orgullo patrio de un ejército atado de pies y manos, cuya única misión relevante a ojos de la ministra Chacón se sitúa en Afganistán.

Y yo me pregunto si no sería posible gestionar estas situaciones de una forma más eficiente. Y si, como dice el sabio refranero español, no sería preferible prevenir que curar. Y tras el secuestro en abril de 2008 del Playa de Bakio, aún no entiendo por qué somos reticentes a enviar tropas españolas en los buques pesqueros españoles que faenan en las zonas de riesgo tal como hacen, por ejemplo, los franceses.

Lo que es evidente es que una única fragata, a modo de espantapájaros, no es suficiente para proteger a una flota atunera cuyas redes de arrastre envuelven millas y millas a la redonda, con la dispersión entre cada uno de los barcos que esto conlleva.

Pero si somos un país tan moderno y tan neutral, pioneros en la Alianza de Civilizaciones, las risas y las palmadas en la espalda, que utiliza sus fuerzas armadas exclusivamente en las misiones de paz y de ayuda humanitaria en Afganistán, el Líbano, Bosnia y la Cochinchina con el único objetivo de quedar bien con nuestros socios de la ONU y la OTAN; si somos incapaces de enviar un contingente de infantería de marina en nuestros pesqueros para proteger las vidas de nuestros pescadores y responder, en su caso, a una agresión pirata, porque para el gobierno en ejercicio es prioritario mantener a ojos de la opinión pública mundial nuestra imagen de talante y buen rollito, tampoco entiendo por qué el gobierno ha tenido que esperar al Alakrana para permitir a los navieros contratar mercenarios (seguridad privada), que hagan las veces de soldados, y eviten un nuevo, triste y ridículo episodio como el presente.

En fin, como diría don Andrés… es la milonga del marinero y el capitán.

Dámaso Martínez, Publicado en Wed Nov18 14:56:14 UTC+0200 2009

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