Solidaridad Navideña

 
Para todos aquellos que siempre criticais mi falta de compromiso con las causas justas, y las injustas; en definitiva, para todos aquellos que siempre criticais mi falta de compromiso con respecto a todo, voy a daros una agradable sorpresa.
 
Este sábado por la noche, asistí al Rastrillo del Parque San Francisco al concierto acústico de Pablo Moro (3€). El motivo del mismo no era otro que recaudar dinero para que ningún niño se quede sin juguetes estas Navidades. Asistía, debo reconocer, receloso a dicho evento. Pero una vez allí, algo tocó de lleno mi frágil corazón y tras pagar la entrada me dije: "Dámaso, chico, no puedes ser tan mugroso. ¿Qué son 3 € comparados con la sonrisa de un niño? Además, no dan ni para un puto Tamagochi".
 
Entonces me dirigí, cauto, pero sonriente a la primera barra de la carpa en cuestión. Y pensé: "¿Qué puedes hacer esta noche por esos niños?". La respuesta fue inmediata, y cruzó mi mente a la velocidad de la luz: "Consumir. Puedes consumir un par de copas para que gocen de una mejor Navidad ¿Y qué te cuesta? Nada"
 
Pedí mi primer cuba-libre en vaso de sidra y cuando me disponía a pagar, un encantador camarero pronunció la frase mágica: "Son 2,5". Incrédulo por naturaleza, no podía creer lo que escuchaban mis oidos y pregunté: "¿Cuanto dices?". "Son 2,5", repitió él, impávido. Conmocionada, mi mente de economista, en estado de shock, comenzó a calcular márgenes de beneficio. Aún contando con un coste 0, es decir, con el mayor de los altruismos a cargo del proveedor, el margen me pareció irrisorio teniendo en cuenta la nobleza de la causa.
 
Así pues, decidí colaborar, implicarme de lleno en la cuestión. Y mi corazón, roto, clamaba al cielo. Y dos copas (5 €) parecían muy poco bagaje para tanto niño. Por ello, y teniendo por ejecutor a mi férrea voluntad, opté por sacrificar una noche propicia al contacto carnal, en favor de un fin ulterior. Mis sólidos principios morales, forjados a base de noches en vela leyendo a los clásicos y viendo El equipo A, resonaban en mi conciencia y pedían a gritos una Acción. Y yo, no les iba a defraudar. No a esos niños. Así pues, tras la primera copa vino la segunda, después la tercera y así hasta seis.
 
 A las 3 a.m, los organizadores tuvieron a bien poner fin al evento y yo, como si de Oscar Schindler se tratase, me dispuse a quemar mis naves y hacer el último esfuerzo. Caminaba, lleno de fe y determinación, rumbo a la última de la noche. Quería realizar mi aportación definitiva, había 2,5 € quemando los bolsillos de mis Levi´s 501. Había que dar el do de pecho. Pero, la diosa Fortuna, esquiva, se interpuso en mi camino, y tomando la forma de Manolín (el camarero) cerró la barra y malogró mi broche final.
 
Destrozado por los acontecimientos, cual Ulises perdido en medio del mar a la búsqueda de su Ítaca natal, salí de allí maldiciendo mi puerca mala suerte y a esos 2,5 € que, aún siendo físicamente míos, ya no me pertenecían.          
 
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