En Rivendel

Una de la madrugada. El mismo pub, la misma gente. No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Ahí les duele. Roberto, Mauri, Cano y yo (los de siempre) junto con los Bandis (Pas, Charlie, Edu, Fran, Migüelu, e incluso el grande de Fer). Copa va, copa viene, volando voy… Los típicos comentarios derivados del efluvio etílico sobran, no son necesarios: la exaltación de la amistad, exageración de las virtudes morales, comentarios cínicos sobre amores pasados, presentes y venideros. Todo eso sobra en la enésima borrachera juntos. Somos viejos zorros. Nos conocemos. Llevamos muchos años en las trincheras. Y allí abajo, en el lodazal de la existencia humana, no hay secretos.

 

De repente, un extraño. Faltan habituales. Falta María, por lo pronto. ¡Maldita sea! ¡Ohhhhh! Todos tranquilos, calma, no desesperemos. La noche es larga cuando el combustible es bueno. Saboreamos con denuedo la primera copa de Brugal. Porque en Oviedo, el proletariado todavía puede emborracharse a Brugales, gracias a Dios. No ocurre como en Madrid o Barcelona donde beber se ha convertido en un lujo accesible únicamente para la alta burguesía (menos mal que los pobres aún tenemos casa, o amigos con ella, y sigue habiendo Caprabos y Carrefoures por doquier).  Sin botella no hay catarsis, y sin catarsis, ¿quién es el guapo que vuelve a trabajar el lunes? 

 

También falta Ella. Pero ella nunca está. No está ningún fin de semana. Nunca. Ni lo va a estar alguna vez. Ella le entrega sus suspiros, su cara de niña, su precioso pelo rubio, sus ojos azul aguamarina, las pestañas más bonitas del planeta Tierra y una sonrisa que vale una vida a otro más listo, menos imbécil, da lo mismo. Y no queda nada, excepto el regusto amargo del Brugal en mi garganta.

 

En el mundo hay dos tipos de personas: los ganadores y los perdedores. Eso es algo que ya tenía claro desde niño. También tenía claro que yo pertenecía a los segundos. Nunca me inquietó porque siempre hay algo de heroico en la derrota digna. Y la derrota es digna cuando peleas de cara, llegas a un límite y caes.

 

Entonces llega la hostia y no queda nadie para lamerte las heridas. Estás tú sólo comiéndote tu mierda, tu fracaso: y es ahí donde surge el heroísmo, en la capacidad de levantarte y poner la otra mejilla, aún sabiendo que te van a cascar de nuevo. El caso es que, aquí, ni siquiera hubo lugar a lucha. No tuve agallas para ello. Con lo cual, la dignidad de la derrota se evapora. La impotencia te consume y la sensación de pérdida es aún mayor, porque no es real; es la condena de un anhelo.    

 

             Dios aprieta pero no ahoga. Ahí llega Claudia, redentora, indefinible. ¿Por qué eres tan bueno McGrady? Su cabello negro azabache, cae suavemente sobre los hombros. Cuerpo de mujer en una cara adolescente que apenas refleja los veinte años recién cumplidos. Ojos negros, nariz aristocrática y porte seguro. La seguridad de la inconsciencia, teñida de juventud. Elegancia natural en sus movimientos y una sonrisa seductora, lasciva, de las que claman a gritos un beso con lengua.

 

              Esa es mi niña. Ahí hay esperanza, banal o no, pero esperanza, al fin y al cabo. Al menos, es día de partido. Sólo pido eso, “fair play, gentlemen!”. No hay novios, ni digresiones morales, ni sentimientos de culpa. Nada se interpone en el camino. Solos, ella, su amiga, mi borrachera y yo. Parecemos multitud, pero no somos tantos. En peores plazas hemos toreado. Y, una vez en el coso, hasta el toro todo es rabo. Pros y contras. Lo bueno es que es preciosa y se ríe. El razonamiento parece estúpido pero no lo es; es, más bien, sutil. Se ríe, y tiene mérito, porque estoy soltando un torrente de sandeces que merecen la cárcel. Lo malo, es que me acosté con su amiga hace dos semanas. En realidad, el hecho es irrelevante en sí, pero hay que tener tacto porque, en cualquier momento, sorprende un Nordeste y el velero se va de proa directo al acantilado, sin remisión ni posibilidad de enmienda.

 

              La distancia hace el olvido, pero Ella vuelve pronto y se llevará mi sábado y mi domingo, se llevará a las Claudias y pasará frente a mí, cual Atila y sus hunos, devastando, grácil, todas las corazas que encuentre a su paso. ¡Tal es el poder de los elfos!

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2 respuestas a En Rivendel

  1. mauricio dijo:

    asi que al final la "otra" claudia cayó en las manos del peor de los Nerones? te tenia por un caballero, noble, leal al juego en corto, de toque… pero veo que andamos jugando al patadon, a ver si la pescas arriba y para la buchaca… ese juego… hace tiempo que lo demanda la aficion!!!

  2. Roberto dijo:

    Hoy en mi vuelta al tiempo libre, esa cosa que ultimamente estoy recuperando y que ya no sabía lo que era, en beneficio del progreso y la productividad española; he podido examinar los contenido de la pagina prácticamente al completo y solo puedo decir que ¡¡¡ tremendo !!! Seré un asiduo seguidor de ella.

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