Balón de Oro

La revista France Football, como cada año, elige al depositario del balón de oro. El ganador de este 2006 ha sido el central del Real Madrid Fabio Cannavaro. Este resultado ha traído consigo un interminable debate respecto a los méritos cosechados por el galardonado, en comparación a otros jugadores. ¿Es merecedor del premio por delante de jugadores de la calidad y el talento de Henry, Ronaldihno o Eto’o? Hay opiniones para todos los gustos. Nadie duda que su designación tiene más que ver con su actuación en el Mundial que otra cosa. En el Madrid no sobresale por encima de ningún compañero de línea y con la Juve bajó de categoría en los despachos.

Aún así, es el tercer defensa en la historia que saborea las mieles áureas del balón tras Franz Beckenbauer y Mathias Summer. Personalmente estoy en contra de la decisión de France Football. Para mí, Cannavaro no fue el mejor jugador de 2006, ni el más valioso ni nada que se le parezca. Cannavaro puede ganar el título de mejor defensa del mundo, pero nunca el de mejor jugador. Es como si el premio al mejor arquitecto del año se lo llevara Demoliciones Jiménez S.A, o si el Nobel de literatura se lo diesen al corrector ortográfico que revisa los libros de Saramago antes de su publicación. Ambos ejercitan laboriosas, honrosas y difíciles tareas, pero en ningún caso podrán optar a susodichos premios.

Cannavaro es un buen futbolista. Un excelente defensa, tácticamente envidiable, con una gran velocidad, capacidad de salto, y lo que queráis. Pero, en mi opinión, de ahí a ganar un balón de oro hay un trecho. ¿Dónde queda  la magia y el duende?, y ¿el talento? Yo defenderé que un premio de semejante prestigio debe ir siempre al futbolista que crea, que inventa, que hace que te levantes del asiento con cara de susto. Un balón de oro debe ir a gente como Zidane, Ronaldihno, Henry, Romario, el mejor Ronaldo y compañía. Gente con un talento excepcional para jugar al fútbol y alcanzar el objetivo último del mismo: hacer gol. Gente que es capaz de hacer añicos cualquier requiebro táctico del entrenador listillo de turno, con una genialidad, un golpe de magia; a lo Tamariz.    

Este siglo está enfermo, con tanta competitividad, tanta orientación al resultado y tanta mierda neoliberal. Ya lo decía Montes: Son malos tiempos para la lírica.

Dámaso Martínez,Publicado en Fri Dec 1 20:26:26 UTC+0100 2006

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