La Administración

No hay nada más enriquecedor que ir un 8 de diciembre a la Jefatura de policía de tu localidad para renovar tu DNI. Es entonces cuando te das cuenta que pagar religiosamente tus impuestos tiene sus contraprestaciones, y de lo bonito que es vivir en el país del vanguardismo y la innovación.

Llegas allí con toda tu buena fe a las 12 de la mañana. Claro, es día de entrepuente y que madrugue Rita la Bailaora. Entonces te das cuenta que hay mucho ser sibilino que ha tenido la misma brillante idea que tú. Coges vez, como en la carnicería del C@rrefour, y te toca el número 241. La cosa empieza mal cuando el electrónico marca el 108. Alabado sea el Señor. Te armas de paciencia, sintonizas en tu iPod lo último de Fito y, como eres joven, educado y apuesto, y hay mucha mamá con sus niños, dejas que la prole ocupe los escasos asientos disponibles mientras tú te mantienes firme de pie.

Una hora después, el electrónico marca el 142. Teniendo en cuenta que el horario de cierre es las 2, las perspectivas de ser atendido son mínimas. Pero aguantas allí, porque el que la sigue la consigue, y porque quieres ver la reacción de los funcionarios cuando les llegue la hora del papeo y haya 100 personas en la cola sin atender, y para ser sinceros, por si se monta jaleo y luego lo puedes contar a tus amigotes.

La fauna ibérica allí reunida comienza a inquietarse. Muchos deciden volver a sus casas en vista de que no serán atendidos. A las dos, el electrónico marca el 178. Los funcionarios, para que luego digan, hacen un esfuerzo ímprobo y no remunerado y deciden retrasar la hora de cierre del garito en vistas del éxito de público. Que Dios se lo pague, que mi IRPF ya lo hace cada año. Entonces tiene lugar la anécdota graciosa de la jornada. Es el turno de una chica cubana de raza negra. Pobre ilusa. Tras tres horas de espera, se acomoda en el asiento de la mesa 7. Su éxito se reduce al tiempo en que la funcionaria le exige partida de nacimiento, partida de empadronamiento, partida de mus, talla de sujetador, las llaves del coche y la despacha con el omnipresente:

¡Ohh, cuanto lo siento! Sin la documentación necesaria no puedo hacer nada. Vuelva usted mañana.

Sinceramente, debería sentir lástima o conmiseración pero simplemente me descojono. Me parto el eje allí mismo. ¡Viva la administración! Una nueva víctima de los complejos engranajes de la burocracia. A la cola de los damnificados por el Estado. Me rompo.

A las 15.05 llega mi turno. De las siete mesas disponibles, sólo quedan operativas dos. El resto se han ido a comerporque es su hora. Me siento, doy mi DNI viejo,  tras diez minutos de espera me entregan una especie de tarjeta de crédito e incauto de mí pregunto:

      –  ¿Cuándo vuelvo a recoger el definitivo?

      –  Ése ya es el definitivo. Con las nuevas máquinas los damos "on line". Es el nuevo DNIe (moderno y molón) que además viene con un PIN que te va a permitir trabajar vía web con la Administración y Hacienda -me responde con orgullo y satisfacción la señora funcionaria.

Y yo, tras tres horas de espera, pienso para mis adentros: “Ojalá un fornido cubano te metiese el DNIe, el vuelva usted mañana, el PIN, el PUK y la madre que los parió enteritos por el culo”. Es la maravillosa experiencia vital de ser español.

Dámaso Martínez,Publicado en Fri Dec 22 20:39:27 UTC+0100 2006

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