Inmigrante maleante

Son las estúpidas 8.30 a.m. Sales de casa para ir a trabajar y te encuentras un frío de tres pares de cojones, que vas a chupar en los veinte minutos de trayecto andando a la oficina. Caminas a paso rápido, las manos en los bolsillos, la nariz roja como la bandera de la URSS y la mala leche habitual de todas las mañanas. Mentalmente vas escupiendo un juramento tras otro hasta acabar el repertorio. Y en el camino te lo encuentras.

Allí está él, con su mono puesto. Camina con las piernas zambas, la piel cetrina, y sopla sus callosas manos para calentarlas. Lleva su cinturón con las herramientas típicas del currelo de la construcción. Te mira de frente, firme pero amistoso. Más ancho que alto. Sale del cenagal de la obra anexa sin perder la sonrisa. No sabes la razón pero lo identificas como uno de los tuyos, un habitante más del país de los oprimidos que diría don Julio Verne. Viene de Perú, sus rasgos le delatan y trabaja aquí en España sin papeles, para mayor gloria del empresario de turno, con el fin de traer a su mujer y sus dos hijos.

Llegó a su Dorado. La tierra de las oportunidades. Sabía que no iba a ser fácil, pero aún así no dudó un instante en gastar sus escasos ahorros y plantarse aquí con el objetivo de alcanzar una vida mejor para él y, sobre todo, sus hijos. Vive hacinado en un piso pequeño con otros cuatro compañeros en situación similar a la suya. Sobrevive. Envía lo que ahorra para Perú, con el fin de mantener a su familia. Me enseña, con sus uñas negras, las fotos de sus dos niños, Manuel de 5 años y Gabriela de 3. El orgullo de papá.

Le digo que es un “panchito” cojonudo, que los tiene tan grandes que le arrastran por el suelo. Ni se inmuta. Esboza una media sonrisa. Los españoles tendemos a la vileza y el oprobio con lo diferente. Nos viene de siglos atrás. “Panchito”, sudaca, “pony”, maleante, ¡vuelve a tu país de mierda! y demás son el pan de cada día. Los soporta con estoicismo. Habla poco y claro.

Es consciente que lo que le resta de vida no será un camino de rosas y que el viejo zorro azar tendrá mucho que ver en ella. De obra en obra, sin contrato, cobrando en negro, sin seguridad social, en espera de nacionalidad. Sin subsidio de desempleo ante un posible revés de esos que la vida da a espuertas. Lo asume. En dos años, hace cálculos, podrá traer a su familia y ahí empieza todo. Sus hijos van a tener un abanico de oportunidades que él nunca tuvo en Perú. No digamos ya sus nietos. Lo dice lúcido, convencido. Ésa es su guerra. Probablemente éstos no agradezcan nunca el sacrifico que ha sido capaz de llevar a cabo por ellos. Quizá maldigan su suerte porque a papá no le llega para comprarles la nueva PSP que todos sus amigos “españoles” sí tienen, o el vestidito de DKNY que Natalia lleva en Nochevieja. Él lo sabe, pero vuelve a sonreír con la seguridad del que sabe que hace lo correcto. Le envidio.

Le paso un cigarrillo rubio. Lo rechaza. Me dice que ya no fuma; lo ha dejado porque con cada cigarrillo encendido veía la cara de sus hijos, y un día más lejos de ellos.

Me gustaría decirle algo. Querría poder expresarle mi más reverente admiración, pero no puedo, soy incapaz de expresar mis sentimientos. Le doy una palmada en la espalda y me despido con un aséptico buena suerte.

Es un héroe. No es consciente de ello, no saldrá nunca en los periódicos, ni en el tomate, ni en “El Diario de Patricia”, ni en el Telediario a no ser que una bomba en el Metro le pete el culo. No es guapo, ni especialmente joven, ni moderno pero ahí le tienes. Héroe anónimo, como tantos otros escondidos a lo largo de los siglos en el cajón desastre de la intrahistoria.

Entro en la oficina, con cuarenta y cinco minutos de retraso, la imbécil del cubil de al lado me pregunta por qué llego tarde. La miro, cuanto hasta tres y respondo:

– Porque me paré con un viejo amigo al que no había visto nunca antes.

Me mira con la misma expresión que los burros a los aviones. Sonrío. Al menos, hoy no he perdido el día.

Dámaso Martínez,Publicado en Sun Jan 21 14:51:56 UTC+0100 2007

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