BCN *****

A instancia de Berto voy a hacer un “briefing” de mi “weekend” por la ciudad condal. Como podéis comprobar, me ha vuelto aún más moderno, cosmopolita y molón y ya escribo hasta con anglicismos para mayor gloria de la lengua de Shakespeare. Con tanta modernidad ya no se como definirme porque la vanguardia está empezando a rezagarse a mi lado.

Lo más relevante es que no follé nada. ¡Vaya novedad! Soy consciente de que cuando está Mau es imposible porque las tiene a todas rotas pero, iluso de mí, la esperanza es lo último que se pierde. Aún así, de esperanzas no folla el hombre que diría otro buen amigo mío de principios más prácticos y utilitaristas.

Una vez dicho esto, ya está todo dicho. Pero voy a continuar con la narración por mero altruismo con la humanidad. Llegué a la calle Girona 97 a eso de las 16.30 y no había nadie. Al principio pensé que era la típica gracia de bienvenida de Mau, después fui más allá y opté por la opción de que estuviese trajinándose a alguna, aunque la hora vespertina no me parecía la más adecuada, y finalmente le llamé para constatar que tuvo la ocurrencia de ir a comprar no se qué con Eli. Vamos, sentarse y plantar un pino.

Finalmente, pude gozar brevemente del maravilloso piso de 2000 € mensuales del Mau, quitarme el mono de trabajo y embutirme en los trapos más modernos que encontré para la ocasión. Paseo por la Barceloneta, visita al Carrefour, tortilla de patata y botella de Brugal fue todo uno. Bebí mi ron frugalmente, como de costumbre, y amenicé la velada a los presentes: Eli, Paula, Dinesh y Mau con mis certeros y agudos comentarios. ¡Qué simpático que soy!  Después, bares varios, Pipa Club convertido en clásico de la noche barcelonesa, y más copas. Además tuve ocasión de ejercer de estilista ocasional y gurú de la moda, aconsejando vehementemente a la señorita Unverhau que se quitara las rastas y diese una vuelta de tuerca a su look volviendo al neoclasicismo madrileño. Porque lo realmente excitante es ir contracorriente, no seguirla.

El sábado comimos un buen rodaballo al horno en un gallego al lado del puerto deportivo y cenamos en una humilde pizzería del gótico con Ana Fábregas, Yolanda y el camarada Lalwani. Tuvimos una brillante discusión sobre el precio de la vida. ¿Cuánto vale la vida de un hombre? ¿Se mide en euros? Mis compañeros catalanes, de sólidos principios morales, afirmaban que no. La vida humana no tiene precio, es intangible. Yo comentaba que me pusiesen diez millones de euros encima de la mesa, una pistola y una foto de la víctima y me lo/-a cargaba sin pestañear, sin preguntas. La única condición que proponía es que fuese mayor de edad. Un niño sí que no tiene precio, ni siquiera para mí.. Yolanda, muy dostoievskiana ella, apelaba al sentimiento de culpa que iba a brotar en mí tras el homicidio y la pesada carga que representa la conciencia. Era un punto a tener en cuenta, pero le repliqué que “París, bien vale una misa”, y diez millones bien valen un poco de ardor de estómago y si la conciencia no te deja dormir por las noches dispones del remanente oportuno para adormecerla en etilo o mujeres. Aún así, dudaban de que llegada la hora de la verdad tuviese las “agallas” o sangre fría necesaria para hacerlo. Yo también dudé de mis arrestos en la hora final, cuando ves al tipo enfrente de ti con cara de no haber roto nunca un plato y tienes que apretar el gatillo. Pero lo relevante es la intención. Ellos no estarían dispuestos a siquiera empuñar la pistola por todo el oro de Bolivia, yo sí, que luego me fuese por las patas para abajo es otro cantar. Soy moralmente deplorable. ¿Te quieres acostar conmigo?

Terminamos en el Baja Beach donde pagamos 18 € por entrar, tomamos un chupito de ron que parecía meada de camello y disfrutamos del ombligo de las camareras. A esas alturas, deploré el mundo civilizado, cogí un taxi y caí dormido en el sofá nada más llegar a casa, sin despojarme siquiera de mi molona vestimenta.

El día del Señor, comimos en un mexicano de Diagonal (¡Qué chévere!), cenamos en un japonés, y entremedias fuimos al fútbol. Pagamos 46 eurazos para disfrutar de tribuna lateral y poder cantar los fuera de juego. El ambiente del Camp Nou frío, con tanto extranjero con cámara digital como nacional con bocadillo en las gradas, y tantos Boixos Nois como Symmachiarii van al Tartiere. Eso sí, tras 29 partidos asistiendo a un estadio, por fin vi FÚTBOL de verdad. ¿Estará el Oviedo de Velázquez en camino de inventar un nuevo deporte? Porque jugar, está claro que juega a algo; pero que sea al fútbol, eso ya es más discutible. Y, como diría el camarada Ivi, hasta la vista “shafalesh”.

Dámaso Martínez,Publicado en Fri Feb 2 21:48:49 UTC+0100 2007

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