Mala memoria

Luce un sol espléndido en la mañana del 13 de marzo de 1741. El artillero Bermejo escupe en el suelo, apura la última calada y fija la mirada en el horizonte. Desde las baterías defensivas de Tierra Bomba la vista del atlántico es incomparable. De repente divisa en la lejanía lo que parece un mayor con la vela juanete flameando al viento.

“Otro mal nacido corsario británico” –piensa para sí. Sin embargo momentos después se divisa otro navío y otro. Sólo puede tratarse de una flota de línea y, desde luego, no es amiga. ¡Joder que si no lo es, querido Bermejo! Se trata de la mayor escuadra fletada nunca con 186 navíos (50 de guerra y 136 de transporte), 23000 hombres y 4000 piezas de artillería al mando del comandante Vernon para mayor gloria de Jorge II y con el objetivo de tomar Cartagena de Indias, columna vertebral del comercio español con Nueva Granada y el resto de colonias americanas.  

Pintan bastos. Cartagena de Indias es la ciudad mejor fortificada de América y cuenta con una geografía favorable que facilita su defensa. Está ubicada en una bahía cuyo acceso es factible a ambos lados de la isla de Tierra Bomba, sin embargo por el lado de Bocagrande está limitado por un calado de 2,5m que hace imposible el paso a los grandes navíos. La única opción para Vernon es Bocachica, franqueada por los fuertes de San Luis y San José. A su vez, una vez en el interior de la bahía, la ciudad cuenta con nuevas herramientas de defensa: el fuerte de la Cruz Grande, el de Manzanillo y finalmente el de San Felipe de Barajas, a los pies de la ciudad. El gran problema con el que se encuentra el Virrey Sebastián de Eslava son los recursos: 6 navíos (Galicia que era la nave capitana, San Carlos y el África de 70 cañones y el San Felipe, Dragón y el Conquistador con 64 piezas de artillería cada uno), 3000 hombres y 1000 piezas de artillería.

La Armada inglesa llega eufórica después de lograr fácilmente la rendición de Portobello (Panamá). En honor a ello, a día de hoy la principal calle del bohemio y cosmopolita barrio londinense de Notting Hill recibe ese nombre.       

En la cabina del capitán del castillo de popa del Galicia, el almirante Blas de Lezo hojea el mensaje enviado por Vernon. En él le recuerda la caída de Portobello y le anticipa el final de sus días de gloria. Su cara, lo que queda de ella, es una mezcla de ira y determinación.  “No lo verán sus ojos” piensa, y le responde a la española, uséase, con dos cojones:

Si hubiera estado yo en Portobello, no hubiera Usted insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobello me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía

Lezo no estaba dispuesto a empañar una hoja de servicios inmaculada. No había perdido la pierna izquierda con sólo 15 años en la batalla de Vélez-Málaga, el ojo izquierdo siendo ya teniente de navío en la defensa de Tolón y el brazo derecho en 1714, como capitán, durante el segundo sitio de Barcelona para que ahora, a los 52, llegase de rositas el almirante Vernon a joder la marrana.

“Medio hombre” o “Patapalo”,  como era conocido entre sus marineros, no era popular en la Pérfida Albión. En su época de capitán, 25 años atrás, había logrado capturar 11 presas británicas en un crucero. Entre ellas, el Stanhope del capitán John Combs cuyos 70 cañones triplicaban la capacidad de fuego de su barco. Esta herida nunca había sido cerrada por la orgullosa Armada Real británica al servicio de su majestad. Y, ahora, había llegado el momento de ajustar cuentas.

El primer oficial del Galicia pica a la puerta.

– Buenos días Almirante, traigo un mensaje urgente para usted.

– Buenos días señor Martínez -responde Lezo, mirándole a los ojos en una mezcla de afecto y rabia. Recoge la carta, rompe el sello y la lee.

Sebastián de Eslava, Virrey de Nueva Granada, convoca al propio Lezo, a don Melchor de Navarrete, gobernador de la provincia, al coronel Carlos Desnaux, castellano de San Luis de Bocachica y al capitán Lorenzo de Alderete para idear un plan de defensa. El resultado es concluyente: todo pasa por impedir el paso a los británicos por Bocachica y cerrar así la entrada a la bahía.

El 20 de marzo comienza el cañoneo. Desnaux defiende el castillo con 500 hombres y la ayuda prestada desde el mar por la artillería del Galicia, el San Felipe, el San Carlos y el África. Durante 16 días, la fortificación de San Luis recibe 62 cañonazos hora tras hora, hasta un total de 22.000.  Lezo comienza a discrepar con el virrey Eslava en materia de estrategia. Eslava no le permite reforzar la defensa de la batería de Terra Bomba y ésta cae en manos británicas, lo que trae consigo el final de la resistencia de San Luis el 5 de abril.

Lezo incendia y barrena sus maltrechos barcos con el objetivo de cerrar la entrada por mar a los británicos. No lo consigue pero gana tiempo.

Tras la toma de Bocachica, Vernon, convencido de una pronta victoria, envía la fragata Spence a Londres portando el estandarte de Blas de Lezo y anunciando la victoria.

Los españoles organizan la defensa del interior de la bahía. El virrey Eslava ordena centrar la defensa en el fuerte de San Felipe de Barajas y abandonar a su suerte el de la Cruz Grande así como el hundimiento de los intactos Dragón y Conquistador. Blas de Lezo se opone con firmeza y, hasta tal punto llega el enfrentamiento, que termina pidiendo a Eslava que le dispense de su cargo. Aún así, continúa luchando ahora no ya como máximo responsable de la defensa de la ciudad.

Ocurre el desastre y el virrey, en situación crítica, le repone en el mando. La situación es desesperada, pero Lezo puede organizar sin cortapisas la defensa del asalto final a San Felipe. Éste comienza en la madrugada del 20 de abril, justo un mes después de la llegada de la flota inglesa y termina el día siguiente con el resultado de una masacre para el bando inglés. El 8 de mayo las fuerzas inglesas comienzan a abandonar el sitio de la ciudad acosadas por la frustración, las heridas, y las enfermedades tropicales. El balance para ellos es de 6000 muertos, 51 barcos hundidos y 7500 heridos.

Como despedida, Vernon, el arrogante inglés, envía un último mensaje: “Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica

Don Blas responde con la misma medicina: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres”.

Pasarían doscientos años hasta que se reuniese una flota mayor sobre el océano, y sería en Normandía. Los ingleses nunca volvieron a Cartagena. El precio había sido demasiado alto. La humillación fue tal que, a la llegada de Vernon a Londres, el rey Jorge II prohibió citar la batalla y hacer referencia alguna en ningún documento acerca de la misma. España mantiene el control del comercio con América otros 50 años más.

¿Qué fue de los dos protagonistas?

Vernon, derrotado, es degradado de su cargo en 1742 y expulsado de la Royal Navy cuatro años después. Muere en 1757 y es enterrado, como un héroe británico más, en la abadía de Westminster acompañando a figuras tan relevantes como Isaac Newton, Henry Purcell o Geoffrey Chaucer. Más adelante se unirían a ellos algunos otros ilustres como Darwin, Dickens, Kipling o Lord Cochrane (inspirador del emblemático personaje Jack Aubrey).

Lezo muere sólo cuatro meses después de la gran victoria. Sebastián Eslava, aún latentes sus irreconciliables diferencias, escribe al Rey pidiendo castigo para el Almirante alegando indisciplina y subversión. Éste trata, ya enfermo, de conservar el prestigio adquirido tras 40 años al servicio de la Corona. Fracasa. Felipe V, como todos nuestros Reyes, carece de memoria y prefiere las embriagadoras finezas de su Virrey a las toscas verdades de don Blas.

El teniente Martínez fue a visitarle en su lecho de muerte. Hacía más de dos meses que no le veía y en los mentideros de la ciudad se apostaba por su inminente defunción. Tras recibirle con muestras de inmerecido agradecimiento, la señora de Lezo abandona discretamente la estancia y deja a los dos marinos solos. El Almirante, duerme empapado en el sudor consecuente con una fiebre atroz; es un ensueño agitado y poco reparador. El teniente, impoluto su uniforme de gala, continúa en pie las dos siguientes horas sin atreverse si quiera a sentarse. Lezo despierta y enfoca su ojo bueno hacia él:

– ¿Qué demonios hace usted ahí de pie, señor Martínez? -indaga con su áspera voz, acostumbrada al mando.

Gorka Martínez, natural de Oñati, se deja caer en la silla más próxima y rompe a llorar. Siente rabia, dolor, impotencia ante la injusticia cometida con su Almirante, la vileza del virrey Eslava, la indiferencia de Felipe V, la crueldad de la naturaleza humana y, sobre todo, ante su propia pusilanimidad. Jamás se perdonará haber cedido al chantaje social urdido por Sebastián Eslava que derivó en el más absoluto aislamiento de la familia Lezo tras la victoria sobre Vernon.

Su almirante y capitán le observa detenidamente hasta que finalmente deja caer la cabeza sobre la almohada y exclama, conmovido:

– No llore, muchacho. Nosotros hicimos nuestra parte; cumplimos con nuestro deber. 

Muere en Cartagena de Indias el 7 de septiembre de 1741 y lo hace en el más absoluto oprobio y pobreza, víctima de la soberbia, la envidia y la infamia. Víctima, en definitiva, del país por el que luchó. Ésa fue su recompensa.

A día de hoy, es un gran olvidado de la Historia de España. Quizá, de nacer inglés, hoy sería un héroe nacional como lo son el vicealmirante Nelson y Lord Cochrane. Quizá, entonces, un Patrick O´Brian o un Alexander Kent le hubiesen acercado al gran público a través de sus novelas. Sin embargo, nació español y pagó por ello. Una calle en su pueblo natal, Pasaia, y dar nombre a una fragata del ejército me parecen pobres reconocimientos para este ilustre vasco.

Pero su legado no queda ahí. Si tienen la oportunidad de visitar Cartagena de Indias (Colombia) no lo duden y háganlo. Porque allí, a los pies de la estatua conmemorativa de don Blas de Lezo, con el castillo de San Felipe a tus espaldas y el mar en tu horizonte brota, por primera y, quizá, única vez en tu vida, el sentimiento de orgullo al reconocerte español.

 

Dámaso Martínez,Publicado en Thu Jul 12 18:15:42 UTC+0200 2007

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