El 2 de Mayo

Aquella mañana en Madrid no fue distinto. Mientras Fernando VII disfrutaba de su retiro forzado en Bayona custodiado por las tropas imperiales, y la Junta de Gobierno Provisional agasajaba a Joachim Murat, duque de Berg:

-"Oui monsieur". Faltaría más, cómo no. Tiene usted toda la razón, Excelencia.

Allí estaban poblando las calles los de siempre. ¿Quién sino? Santiago Patiño, palafranero nacido en Mondoñedo; Íñigo Echevarría contador y natural de Amurrio, Pelayo Nicieza albañil y natural de Luarca, Juan Gallart tesorero y nacido en La Pobla del Segur. José Manuel González, sin profesión conocida y natural de Ayamonte, Arturo Pérez escribiente de Cartagena, José Calderón de Villanueva de la Serena en Cáceres y Diego Tenorio, maestro de esgrima y natural de Carbajales de Alba en Zamora.

Éstos y tantos otros, armados con dagas, cuchillos, navajas, palos, tijeras y escopetas de caza los más afortunados, claman por la vuelta de su Rey. Lo hacen a las puertas del Palacio de Oriente primero, los alrededores de la Plaza Mayor, la puerta del Sol, el paseo del Prado después; para terminar, los que se mantengan con vida, en el Parque de Artillería de Monteleón.

Y claman a la española: degollando gabachos. Mientras buena parte de la clase más alta y culta del país está más que encantada con la llegada de los imperiales y la saca de reformas liberales que traen bajo el brazo, el analfabeto populacho no comparte tales simpatías. Y sale a las calles a expresar todo el rencor acumulado y lo hacen al grito de:

-¡Viva el Rey Fernando VII!

A Pablo González, vecino de la calle Ancha, el Rey Fernando VII se la trae al pairo, pero no le hace la más mínima gracia que llegue el teniente Blanc con su impoluta casaca azul, sus inteligentes ojos azules, sus anchas patillas, cuidado mostacho y aire de impertinente suficiencia marcial a trajinarse a Caridad, la mesonera por la que bebe los vientos desde hace tiempo. Al capitán de artillería Pedro Velarde le hierve la sangre al verse abocado a ser un títere en manos del Emperador. En definitiva, los pecados de siempre. La envidia y el orgullo por igual, que marcan a sangre y fuego nuestra Historia.

Llueven las cuchilladas traperas en el centro de Madrid. El populacho se enfrenta a los piquetes imperiales que velan por la seguridad de las calles. Cuando el caos se desborda comienzan las cargas de caballería de los dragones franceses, sable en mano. Urras al Emperador Bonaparte y sonido de cascos de herradura al galope. Son la "Grand Armée", el ejército más poderoso y mejor instruido de su época.

– ¡Vive la France!

  Allons, enfants de la Patrie,

  le jour de gloire est arrive…

Los baldosines se tiñen de rojo. Pero la resistencia es heroica. Desde los balcones de las casas llueven macetas, aceite hirviendo e incluso muebles al paso de la caballería gala. Las cuadrillas de civiles destripan a caballos y jinetes por igual.

En el Parque de Artillería de Monteleón, los capitanes Velarde y Daoiz asisten impotentes a la masacre. Mientras el pueblo se deja la vida en la calle, las tropas españolas se encuentran encerradas en sus cuarteles con órdenes expresas de la Junta de Gobierno de no abandonarlos ni prestar apoyo logístico a los insurrectos. El cántabro Velarde cree firmemente que un levantamiento armado en Monteleón serviría de ejemplo al resto de las fuerzas del ejército español en Madrid, que se adherirían a él. En definitiva, nos les iban a dejar solos contra todo el contingente imperial de Madrid.

Luis Daoiz opina lo contrario. Les dejarán solos, más solos que la una y sino el tiempo. La cabeza le da vueltas, siente escalofríos. Se encuentra en una encrucijada: por una parte el miedo a morir, el temor a desobedecer órdenes expresas que acabaría con él en un tribunal de guerra y con su incipiente carrera militar destrozada. Por la otra, la ira, la rabia, la impotencia, el orgullo herido y la vergüenza de ver a sus compatriotas caer en las calles mientras ellos miran hacia otro lado.

– ¡A la mierda! Nos batimos -concluye para sí

Se abren las puertas del polvorín. Se reparten fusiles y municiones entre la población civil. Se apostan cuatro cañones de 16 libras a las puertas del Parque. Se organiza la defensa. Son unos 300 civiles y 60 militares. Rechazan dos oleadas de un ejército imperial que reúne una fuerza de 1.800 soldados entre caballería e infantería.

Pedro González, exhausto, sudoroso y con la cara negra de pólvora se dirige al capitán Daoiz, que se ha ganado el respeto de todos apostado en primera línea junto a los cañones durante todo el jaleo:

– ¿Los nuestros vendrán, verdad?

– Por supuesto. No lo dude ni un instante -miente Daoiz mientras le da una amistosa palmada en la espalda. Y el sevillano Luis Daoiz mira a su alrededor. Las municiones escasean, los sacos de metralla para los cañones se han terminado y el cansancio aflora. Y ve a toda aquella muchedumbre fatigada, sucia y hambrienta cargando en sus fusiles los últimos cartuchos de pólvora. Y sabe que no tienen ninguna posibilidad.

– Pues ya están tardando -responde Pedro. Ambos se cruzan mirada cómplice y sonrisa irónica. La típica de dos hombres que están en el mismo barco encarando la última travesía.

La tercera carga de los imperiales será la definitiva. Pedro González morirá de un preciso balazo en el corazón mientras que el cuerpo de Luis Daoiz será cosido a bayonetazos mientras da al aire los últimos e inútiles sablazos.

Fue un 2 de mayo de 1808.

De la cruel represión francesa durante la madrugada sobra decir nada. Me remito a don Francisco de Goya que captó la esencia con la genialidad que le caracteriza.

La mecha de la Independencia había prendido. Seis años después los franceses salían de España con el rabo entre las piernas. 

                                            Dámaso Martínez,Publicado en Tue Dic 11 00:04:41 UTC+0200 2007

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Una respuesta a El 2 de Mayo

  1. Diego dijo:

    Si lo que hubiera seguido a esa resistencia hubiera sido ya sólo digno, pues seguramente sería para estar orgulloso de la gesta. Pero viendo el asqueroso siglo XIX de este país, uno se pregunta si mereció la pena.

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