¿A quién cojones le importa?

Hace un sol del carajo para ser una mañana de mayo. Madrid es un hervidero. Don Arturo y yo optamos por unas cañas en la terraza de un conocido garito del centro, cercano a la plaza Mayor. Esas calles por donde el Capitán daba sus estocadas a cuenta ajena hace 400 años. Irremisiblemente siempre terminamos hablando de mujeres.

– Lo que me más me seduce de una chica es un perenne aire de indolente ingenuidad. ¡Cuidado, no se confunda! Me refiero a ingenuidad, no estupidez. Ya se que la frontera es sutil, a veces imperceptible, pero yo creo saber situarla. No hay nada más subyugador que un rostro hermoso aderezado con una sonrisa sincera, cristalina, desprovista del velo del sarcasmo, el cinismo y la hipocresía que, tarde o temprano, acaba por envolvernos a todos. Hay que llegar a tiempo, esa es clave. Me gustan los ojos azules, eternos, donde puedes ver reflejada la inmensidad del mar o del cielo. Me gustan los que cambian de tonalidad, aquellos que tras recibir la luz solar se tornan más claros y en los meses de invierno se oscurecen. Los gestos, el lenguaje corporal también es sustancial. La forma de llevar un mechón de pelo suelto tras la oreja, encender un cigarrillo, parpadear ante lo inesperado, tocar el hombro o abrir la puerta del coche marca la diferencia. Me gusta la honestidad: poco maquillaje y bien utilizado, las chicas que se ponen morenas cuando van a la playa y no tres meses antes tras veinticinco sesiones de lámpara; las que van a la biblioteca antes que al gimnasio; las que van al gimnasio a practicar un deporte que les motiva y no “aerobic” con el simple objetivo de mantener los glúteos duros. Me gustan las chicas con las que los silencios nunca son incómodos.

– Te gustan las princesas –concluye don Arturo, aire ausente, parapetado tras sus gafas de sol-. Como a todos.

Tras un par de minutos observando el trajín de la calle, respondo:

– Hablando de princesas, usted tuvo que conocer a Laetitia Casta, ¿verdad? En el rodaje de Gitano, supongo.

– La conocí, en efecto. Incluso cené con ella en un par de ocasiones.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Es perfecta! Es la mujer más hermosa que ha habido, hay y habrá nunca sobre la faz de la tierra. Siempre me digo a mí mismo que si fuese Dios y tuviese la oportunidad de crear a Adán y Eva,  a ésta la hubiese hecho a imagen y semejanza de Laetitia Casta. ¿Cómo es en persona? Fascinante, supongo.

Don Arturo se quita lentamente las gafas y las coloca metódicamente sobre el mostrador. Se inclina levemente hacia mí y me mira frunciendo ligeramente el ceño, como lo haría un profesor con el alumno que, tras explicarle una y otra vez la misma lección, da muestras inequívocas de no haber entendido nada.

– Para ser sinceros, es rematadamente imbécil.

Mi corazón late descompasadamente. Tengo ganas de darle un puñetazo. En vez de ello, cojo mi caña y bebo un sorbo bien largo. Al terminar, digo con resolución:

– Y eso, ¿a quién cojones le importa?

Don Arturo vuelve a apoyar la espalda sobre la silla, asiente con la cabeza, me mira con una expresión entre sorprendida y afectuosa, y una sonora carcajada rompe el aburrido ir y venir de los peatones.

– Tienes razón, muchacho. Tienes toda la razón. Y eso, ¿a quién cojones le importa?

                                      Dámaso Martínez,Publicado en Tue May 11 19:38:36 UTC+0200 2008

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2 respuestas a ¿A quién cojones le importa?

  1. Noe dijo:

    Qué bueno encontrar calidad de vez en cuando… Te agrego como amigo, y volveré, seguro.

  2. Alberto dijo:

    Amigo, cuanto tiempo sin escribir! Fantástico. Vaya 2 cabezas pensantes…
     
     
    Ademas, ligando. Un saludo Noe!

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