El patio de mi casa

Y ahora le toca al tigre. Recuerden por un momento las viejas casas de sus abuelos en el pueblo, o las de sus padres en una ciudad de provincias, recuerden el patio de luces y las mujeres tendiendo la ropa, recuerden el chismorreo y la verborrea de ventana en ventana, juzgando, muchas veces bajo simples conjeturas, las acciones del prójimo con la crueldad propia del que se considera acreedor de una conducta intachable.

Algo parecido está viviendo en este momento Tiger Woods con la única diferencia de que los comentarios, apreciaciones y juicios morales extrapolan el patio de su mansión en Florida para asentarse bajo el abrigo de los medios de comunicación de todo el mundo. Y no se trata sólo de la prensa sensacionalista o rosa, sino que los periódicos deportivos también entran al trapo con la desvergüenza y el oportunismo propios de su profesión (que Diego me perdone).

Y ahí está el Tigre, otrora loable y digno de admiración, ganador de 14 Majors (4 Masters de Augusta, 3 British Open, 3 US Open y 4 Campeonatos PGA) y con unas ganancias estimadas, sólo en premios, de 94 millones de dólares. El golfista más poderoso, más preciso y más brillante desde los mejores años de Jack Nicklaus. Un Woods que además era la gallina de los huevos de oro de la publicidad por su capacidad para conectar con la clase media norteamericana y universalizar un deporte que, hasta su irrupción en el circuito, era coto privado para “wasp”.

Hoy nada de eso parece tener la menor importancia. Desde el momento en que salió de casa en su Escalade perseguido por su mujer, hierro 8 en mano, la figura pública de Tiger Woods ha quedado relegada al adjetivo de adúltero. Sólo falta que le marquemos en el pecho del jersey una “A” mayúscula escarlata para que parezca recién sacado de la novela de Nathaniel Hawthorne. Los patrocinadores cancelan sus contratos y el tigre, enjaulado por el acoso mediático, se toma unas vacaciones alejado del golf para intentar poner un poco de orden en su agitada vida privada y evitar un divorcio cifrado en unos escalofriantes 300 millones de dólares.

No quiero ejercer de abogado del diablo ni justificar la conducta del señor Woods, porque soy de la opinión que si te gusta picar de flor en flor no tienes ninguna necesidad de formalizar un compromiso a través del matrimonio, pero no dejo de salir de mi asombro con el circo que ha surgido a su alrededor. Sus supuestas amantes se multiplican a ritmo exponencial y su imagen pública se degenera a la misma velocidad, de forma ridícula porque la infidelidad existe, ya se haya cometido una o trescientas veces, con una o con trescientas señoritas. Mientras, Elin Nordegren, su hermosa y sufrida esposa sueca se retira a su residencia (¿propiedad de Woods?) en una aislada isla a las afueras de Estocolmo en busca de paz, intimidad y sosiego. La bella y la bestia.

La historia es, desde el inicio de los tiempos, perfecta para que las aves carroñeras, los envidiosos y los fracasados de toda índole descarguen toda su ira y mezquina hipocresía sobre la cabeza del héroe caído.

Sin embargo, me gustaría conocer la respuesta mediática en la situación inversa. Imagínense por un momento que es Elin Nordegren, la hermosa ninfa de ojos azul cielo y dorada cabellera, quien es infiel a Tiger. Una, dos, veinte veces. Vamos más allá, imagínense que Woods se entera, entra en cólera y sale de casa persiguiendo a su adorable esposa ondeando un hierro 8 en la mano derecha mientras ella huye en un Escalade blanco. Y, para rematar la jugada, choca frontalmente contra un árbol a consecuencia de la persecución. La situación toma otro cariz, ¿no es verdad? ¿Cuáles serían los titulares, entonces? ¿De qué parte se posicionaría la opinión pública? ¿Quién de los dos sería motivo de escarnio? La respuesta es tan obvia que ni la escribo. La escabrosa sombra de la violencia de género se ceñiría como una asfixiante maya alrededor de la figura de Tiger Woods, dejando la infidelidad de su esposa en un plano secundario, insustancial, tolerable e, incluso, permitan la licencia, comprensible.

Y, ¿acaso la falta no es la misma? ¿Acaso no cambia sólo el agente? ¿Por qué la opinión pública daría, entonces, una versión de los hechos absolutamente diferente de la actual? ¿Acaso, en el s.XXI, el bien y el mal tienen sexo? Quizá sería preciso preguntárselo a Bibiana Aído.

Dámaso Martínez, Publicado en Tue Dic15 19:45:58 UTC+0200 2009

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2 respuestas a El patio de mi casa

  1. Alberto dijo:

    Yo solo digo una cosa: Segio García,elNeñu,no hace esas cosas. Y ahora sin el tigre en el horizonte,puede volver del 9 al 8 del mundo,perfectamente….Y oye, que parece que es mejor la mierda que esta pasando el Ligre que lo que supones. que mala suerte joder!Pero vamos, dale 2 años,y numero 1. Kobe no tenia tantas bocas que callar,y tambien lo mandaron a la mierda empresas y patrocinadores….y ahora esta otro punto por encima. Pero claro,Kobe24 no es negro,y el marca le apoya. :p

  2. mauricio dijo:

    el tigre es poligamo… y esa rubia adorable que tiene por esposa, me juego un huevo que a su terapeuta se lo paso por el arco del triunfo… sino el tigre no picaria fuera de casa!!!!

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