Dulce hogar

Una pequeña localidad de 200.000 habitantes en el noreste del estado de Ohio, conocida como “la ciudad del caucho” por ubicar la sede central de la multinacional Goodyear y las oficinas para los Estados Unidos del gigante Bridgestone, pasa en 2002 al primer plano por un equipo de baloncesto de instituto: el St. Vincent-St. Mary´s liderado por un joven situado, ya a los dulces 16 años, bajo el demoledor escrutinio del ojo de Saurón mediático.

El orgullo de Akron y su estandarte. El Elegido. Un jugador fundacional, llamado a ser un referente generacional, con un potencial ilimitado sustentado en un físico imponente y una concepción del juego revestida por el manto de la generosidad. Expectativas elevadas apuntando hacia el monte Everest del baloncesto y más allá. La trémula etiqueta “El Heredero de Jordan” sobre los hombros, la misma bajo cuyo tiránico peso tantos Atlas antes que él vieron flaquear sus rodillas hasta tambalearse y caer en un pozo negro de promesas incumplidas y mediocridad.

En junio de 2003, casualidad del destino o de David Stern, los Cavaliers seleccionan con el número 1 del draft a LeBron James. Debuta a los 18 años en el baloncesto profesional con el equipo de Cleveland, una ciudad a orillas del lago Erie situada a solo sesenta kilómetros de su Akron natal. El estado de Ohio palpita, el hijo pródigo se queda en casa.

En un paulatino proceso de crecimiento, durante los siguientes cuatro años LeBron quema todas las etapas hasta alcanzar la élite de la Liga y las Finales de la NBA de 2007. Llega allí liderando un equipo de jornaleros dejando una actuación para el recuerdo ante los Pistons de Detroit en la Final de Conferencia. Sin embargo, son barridos 4-0 en la final por unos Spurs muy superiores, tanto por plantilla como en el área técnica. El título parece viable a corto plazo a través de algún fichaje que ayude a potenciar una plantilla justa en lo que a calidad se refiere.

La incorporación de Ray Allen y Kevin Garnett a los Celtics en el verano de 2007 y el traspaso de Pau Gasol a los Lakers en febrero de 2008 cambian el equilibrio de poderes en la liga de forma radical. Las siguientes tres temporadas son, a pesar de que LeBron gana dos MVP, un paso atrás para los Cavs en lo deportivo ya que no logran superar la Final de Conferencia. Tras siete temporadas, “King James” sigue sin reinado y surge una urgencia inherente a todo jugador llamado a dominar un deporte: Ganar.

En junio de 2010 acaba contrato y, como agente libre, tiene ante sí una difícil disyuntiva. O renovar por los Cavaliers o firmar por un verdadero contendiente. Las cartas están marcadas. A favor de seguir en los Cavaliers la posibilidad de obtener un contrato más alto y la ventaja de continuar en casa. En contra, la opción de recalar en un equipo de un mercado ostensiblemente superior y con una plantilla configurada para el éxito inmediato.

Al final, la necesidad inmediata de ganar se impone y “The Decision” termina con el anuncio de su salida retransmitido en directo por televisión, una frase para la historia: “In this fall I´m going to take my talents to South Beach”. El héroe se convierte en villano. Disturbios, camisetas con su 23 quemadas en las calles, carteles de Judas y Traidor y la profecía de Dan Gilbert: “No ganará un anillo en Miami”. Nunca se es justo con quien se ama.

LeBron James juega cuatro Finales de la NBA y gana dos en cuatro temporadas con los de Florida, adornando el botín con dos premios MVP de la Liga Regular y otros dos de MVP de las Finales, convirtiendo la profecía de Gilbert en una pataleta de niño mimado. Y entonces llega el verano de 2014. Las alarmas saltan cuando decide ejecutar la cláusula que le permite renunciar a su último año de contrato y disfrutar de su condición de agente libre, convirtiéndose en la pieza más codiciada del verano NBA.

La incógnita sobre su destino se desvela en esta ocasión con una emotiva carta. Vuelve a un equipo que, desde su marcha en 2010, ha ganado un pírrico 29,6% de sus partidos. Vuelve a Ohio cobrando cinco millones de dólares menos de lo que hubiera podido percibir en Miami. Vuelve a Cleveland con la intención de curar las heridas generadas tras su convulsa salida y devolver la ilusión y alegría a una comunidad que lleva sin saborear un éxito deportivo en el deporte profesional americano desde que los Browns ganasen la NFL en… ¡1964! Vuelve con la legítima ambición de ser profeta en su tierra porque, a fin de cuentas, como en casa no se está en ningún sitio.

Esta noche comienza el viaje. ¡Mucha suerte, Bron!

Dámaso Martínez, Publicado en Thu Oct14 21:41:23 UTC+0200 2014

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